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jueves, 2 de diciembre de 2010

MUY PERSONALES PARTE I : LA MAGIA DEL LATIN JAZZ




Escribe: Rogger Alzamora Quijano

El latin jazz sin Paquito d´Rivera, Patato Valdés, Dizzy Gillespie, Machito, Gato Barbieri, Piazzolla, Tito Puente, Chico O´Farrill, Michel Camilo, Rubalcaba, Elianne Elias, Mederos, Mongo Santamaría, sería tan imposible como si en él dejaran de sonar las congas, bongós, güiros y timbales. La estructura musical del latin jazz es original y única. El latin jazz se basa por igual en el ejecutante que en el oyente. En el latin jazz el melómano y su percepción de la alegría, el disfrute y el gozo es tan trascendente como el genio creador o el músico virtuoso. En cuanto comienza no hay lugar para el marasmo ni espacio para la tribulación, aún en los más cadenciosos tangos de Piazzolla o en los sublimes teclados de Elianne Elias.
Aunque se dice que el latin jazz está basado en el jazz americano, la música brasilera y la cubana, más cierto sería decir que engloba una gama mucho más amplia de ritmos y expresiones culturales de distinta índole, comenzando por el lugar físico donde se lo concibe, el espíritu predispuesto del oyente y hasta la formación académica del músico que la compone o interpreta. Ya Fernando Trueba ha probado en su excepcional filme “Calle 54”, lo esencial que resulta la entrega absoluta del melómano para que la música conlleve al éxtasis total.
El latin jazz es, sin duda, el cómplice perfecto de nuestros estados de ánimo.
Hacer una lista de preferencias es aventurarse demasiado. Sin embargo, no conozco otra forma de mostrar mis prioridades. No he considerado los temas anteriormente expuestos, para no redundar. A ello se debe que en esta lista no aparezcan temas de Piazzolla, Jobim o Mederos, por citar algunos.


Tico tico – Paquito D´Rivera



From Within – Michel Camilo

Watermelon man – Poncho Sánchez

El Manicero (The peanut vendor) – Xavier Cugat

My summertime – Ray Barreto

Cuban blues – Chico O´Farrill

Ran Kan Kan – Tito Puente

La Comparsa – Bebo y Chucho Valdés

domingo, 19 de septiembre de 2010

BOSSA NOVA, EL DELEITE




Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Cuando el término bossa nova se escuchó internacionalmente para denominar a una corriente musical que emergía con fuerza, ya gozaba de popularidad entre los jóvenes brasileros como una actitud contestataria. Por aquellos tiempos, finales de los 40s y principios de los 50s, se vivían tiempos políticos difíciles en el gigante sudamericano. Los jóvenes de Copacabana e Ipanema darían fe de su rebeldía usando cada vez más frecuentemente el término. Sin embargo, la música llamada bossa nova no se limitó a ser un vehículo político, sino que extendería sus brazos al sentimiento, al amor y a otras manifestaciones del espíritu.
La bossa nova, nutrida por la samba tradicional brasileña, dulcificó su melodía, apaciguó su ritmo trepidante y lo hizo más lento y armónico. Pero además, de la mano de Antonio Carlos Jobim, le agregó un valioso componente jazzístico, lírica elaborada y poética; con un formato disonante y sincopado se hizo un fenómeno que perdura hasta nuestros días.
De Jobim a Chico Buarque, de Sergio Mendes a Adriana Calcanhotto, pasando por Gilberto Gil, Vinicius de Moraes, Astrud Gilbert, Elis Regina, Toquinho o Stan Getz, Gal Costa, María Bethania, Djavan o Paulinho Moska, la bossa nova ha tendido puentes de conexión únicos entre generaciones de melómanos.

Top 3:

Mais que nada.- Sergio Mendes, digno discípulo de Tom Jobim, y su banda desarrollan una versión espectacular e insuperable del tema de Jorge Ben Jor. Con arreglos audaces que apoyan las voces de sus coros y solista. De construcción simple y básica, sorprende por su agilidad e invita al disfrute. Un final para sumergirse en el piano del propio Mendes.

Chega de Saudade.- Antonio Carlos Jobim es a todas luces el padre de la bossa nova. Su genio creativo y su visión para acercar la bossa nova y el jazz le dio la universalidad que hoy luce. Con letra del gran Vinicius de Moraes, Jobim compuso lo que es para mí uno de los temas más bellos y que además, resulta siendo el primer registro fonográfico de bossa nova en 1958, en la voz de Elizabeth Cardozo. Yo prefiero la versión de Gal Costa, quizá por la limpieza de su voz.



Garota de Ipanema.- La versión mejor, con Jobim en el piano, Stan Getz en el saxo, cantan Joao Gilberto y su mujer Astrud. Año 1963. Indudablemente una genialidad. Muchos la consideran lo mejor de la bossa nova de todos los tiempos. Habrá que esperar a que se acaben todos los tiempos, pero lo que no dejará duda es la elaborada composición y gran ingenio de este tema bandera de la bossa nova.

Desafinado.- Tom Jobim/ Stan Getz.

Magalenha.- Sergio Mendes

Lança Perfume.- Rita Lee

Gatinha Manhosa.- Adriana Calcanhotto

viernes, 4 de junio de 2010

RODOLFO MEDEROS, SENSACIÓN Y BANDONEÓN




Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Rodolfo Mederos, nació en Buenos Aires en 1940. A mis oídos llegó a finales de los 80s, cuando un amigo argentino puso en el tocacintas de mi auto un par de temas del entonces desconocido maestro. La música bonaerense para mí, hasta entonces, se había reducido a Gardel, Santos Discépolo y Piazzolla. Hasta allí era Piazzolla mi preferido, por su genio innovador.
Cuando oí a Mederos me asombró su sensibilidad para arrancar del bandoneón las más dulces notas que hasta entonces había imaginado. Afortunados los alumnos que aprenden de él un estilo propio de hacer música, una visión muy personal y una ética admirable acerca de la música. En mi concepto, ya Rodolfo Mederos alcanzó la altura de Piazzolla, tanto musical cuanto técnicamente. Habrá quienes prefieran en su lugar a Dino Saluzzi u otros; se respetan las opiniones pero, para mí, nadie como Mederos para llevar al oyente hasta los confines. Con él se puede llegar al supremo goce, asirse de sus notas para viajar y explorar con el propio ejecutante la hondura de su sentimiento.
Ha sido un proceso difícil, pero hace ya buen tiempo el maestro ha tocado el cielo con su música. De toda esa experiencia, ha sido quizá la etapa de “Generación Cero” la más fructífera, una cosecha de experiencias inigualables y la consolidación de su etapa formativa. Sin embargo, es hoy que Mederos plasma en cada intervención su genio, es hoy que podemos disfrutar la sustancia.
Mederos ha sido siempre un contestatario, un audaz transeúnte de terrenos inexplorados. La música encuentra en él un sonido especial e inigualable y el melómano un cómplice con el que compartir el ritual de los silencios dolorosos y las largas melodías.
Hay que ver a Mederos entregándose a su bandoneón para asombrarse permanentemente por su claridad y propuesta.
En agosto de 1996 tuve la fortuna de asistir a su presentación en Buenos Aires, junto a Daniel Baremboim (cuyo magistral genio frente al piano merece nota aparte) y Héctor Console en el bajo. Inolvidable acontecimiento que ha quedado para siempre en mi memoria.

He elegido unos temas de su vasta discografía sólo por razones prácticas. Sin embargo, me provoca citar otros más, para librarme de omisiones no deseadas. En realidad invito a la música de Rodolfo Mederos. Hay mucha y muy buena para disfrutar.


1.- Milonga de mis amores, de Laurenz y Contursi, con Nicolás “Colacho” Brizuela en la guitarra.



2.- Aquellos tangos camperos (Horacio Salgán), formando trío con el eximio pianista Daniel Baremboim y el contrabajista Héctor Console.

3.- Nuestros hijos (o El lugar donde vivo), del mismo Mederos, con Generación Cero.

Igualmente magníficos:

Chiqué, Chiquilín de bachín, Desde el alma, Flores Negras, Flor de Lino, Milonguita, A fuego lento, Aquellos tangos camperos, Primavera Porteña, etc, etc.

viernes, 5 de febrero de 2010

TOM WAITS, EL ANTI-HÉROE



Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Tom Waits (California, 1949) se rehusa sistemáticamente a hablar de sí mismo. De no haber sido músico y cantante no sabríamos nada de él. Afortunadamente nos da una idea de lo que siente al ofrecernos su música ecléctica, la ruda emoción que transmite. Se ha escrito de su áspera biografía. Poco será cierto y mucho quizá no lo sea. En este rincón no somos habitúes de la psicología. Sólo escribiremos de su genio y estilo. No fisgoneamos, sino escuchamos. Y Tom Waits nos provoca escuchar. Ya sabemos que se esmera por ser y parecer un maldito. Que golpea y elude con la misma facilidad y que cala en los más diversos auditorios con su voz convulsiva y sus letras desafiantes. Sabemos también de su humor renegado y corrosivo. Nos gustaría saber más: qué le anima a decir lo que dice y a mostrarse ecuánime a pesar de su desarrapado aspecto. Nos gustaría. Pero más nos gusta sentir su melodía, despepitar sus canciones, disfrutar con sus escupitajos vocales, aquellos que duelen mientras se digieren. Nos gusta más ir del tango al blues, como si no fuera suficiente con sus letras. O transigir en sus versiones de clásicos del rock, tipo Roxanne, mientras mezcla cuñas de su español vociferado con urgencia.


PODIUM

Closin time, obviamente es imprescindible. Tiempos beat, de melodías resultantes de su pasión por el jazz y el blues. Blue Valentines sirvió para deducir que no le debía perdonar al silencio. Por el contrario, empezó a castigarlo con latigazos vocales y puntiagudos, que remecen al oyente hasta llevarlo a los confines. Año 1978. Desde allí explora las disonancias con mayor frecuencia, se quema la garganta sintetizando sus afonías hasta el dolor.
Entre el 83 y 87, ya sintiéndose cómodo en la senda, procrea tres indudables joyas: Swordfishtrombones, Rain Dogs y Frank´s Wild Years para, por momentos, rearmarse anímicamente desde un blues propio, cuasi ladridos y escandalosos ambientales, rhythm & blues y valses trasnochados con dramáticas interpretaciones.
Alice es también un pilar en su carrera, sobre todo por la mágica sensación de poseerlo todo que entrega el disco. En mi concepto uno de los más completos.
De sus alter ego fabricados gracias a Ginsberg, Bukowsi y Dylan, matizados con los temperamentos sórdidos de quienes sufren las calles, Waits ha desarrollado los personajes que pueblan sus canciones. Seres únicos que le acompañan y transmiten sueños surrealistas, mágicos pasajes, dolorosos cataclismos y tiernas melodías que se agolpan en la cantina perdida que usualmente imaginamos como escenario de sus travesías musicales.
La subyacente timidez asincopada de Trampled rose, uno de los sencillos que más me gusta de su Glitter and Doom Live en medio de trasteos y elucubraciones decoradas por un teclado que de inmediato provoca emociones, y hasta el susurro del xilofón, mientras el Waits teatral descubre una de sus máscaras ante el público.
Del mismo disco, Singapore, la melodía presurosa, el scat vibrante con un final despistado, atropellado y moribundo, que de pronto se rehace y reinventa y sobrevive a la tormenta.
No importa si le sucedieron las historias que cuenta o si el paisaje que pinta ante nosotros en cada disco es fruto de su sueño o de su pesadilla. Lo único que importa es que cuando Waits canta, transmite. Y se hace creer.

Blue Valentines

Alice

Singapore

Midnight lullaby

Para regocijarnos con una muestra en vivo:

A Sweet Little Bullet From A Tretty Blue Gun

lunes, 18 de enero de 2010

JETHRO TULL




Escribe: Rogger Alzamora Quijano



Jethro Tull, banda de culto entre los amantes del rock, tiene en Ian Anderson, líder y mentor del grupo, músico prodigioso y referente indudable en la música contemporánea, a su cabeza visible. Jethro Tull es Ian Anderson. De hecho, su larga trayectoria matizada con baches y escaramuzas, le han dado un lugar inmortal entre los melómanos. Especialmente por su original propuesta, lejos de encasillamientos y clichés. La música de Jethro Tull es original, inconfundible. A despecho de sus históricos temas, como “Thick as a Brick”, “Aqualung”, “Locomotive Breath”, los demás despiertan enconados debates y provocan amor u odio, pero siempre despiertan pasiones entre los fans. Nunca pasan desapercibidos.
Su rock que transita desde lo progresivo, blues, folk, hard rock, o sinfónica-barroca y llega hasta lo indefinible, tiene su pilar central en la magistral flauta de Anderson; sin embargo es imposible ignorar o menoscabar el soporte cualitativo de toda la banda. Músicos de gran calidad que sólo se ven opacados por la personalidad mediática de Anderson, quien ha logrado reinventarse continuamente hasta llegar vigente a estos tiempos.
Desde su primer álbum “This Was” (1968), siguiendo con “Stand Up” que contiene el primer éxito monumental de la banda: “Living in the past”, o “Witch's Promise" (que adiciona también el haber sido el primer single grabado en estéreo en la historia de la música); “Aqualung”, quizá su álbum más universal y cuyo hard rock se combina con letras poéticas de corte social y religioso, siempre contestatario (en la cubierta aparece la polémica frase: “ En el comienzo, el hombre creó a Dios, y le dio poder sobre todas las cosas”, la cual le valió ser conjuntamente con su álbum “Thick as a Brick” censurada en España durante el gobierno franquista). De "Aqualung" prefiero “Locomotive Breath” por su majestuoso despliegue, trepidante, que nace clásico y se va haciendo rock durante estadios bien marcados y una línea clara. El breve solo de flauta es inolvidable.
Pero no sólo sería “Thick as a Brick” un éxito de crítica y de ventas, sino el mejor logrado conceptualmente. Para mí ha sido siempre un álbum que me ha rescatado de todas mis desventuras. Gracias a él he logrado sobrevivir apegado a mis delirios. Un solo y largo tema dividido en dos partes, una en cada cara del vinilo. Movimientos con temas que a veces se repiten dando una columna vertebral y destacan por su virtuosismo y complejidad. Alrededor de ochenta minutos de deleite continuado.
Tampoco hay que olvidar el magnífico "Minstrel in the Gallery" (1975), medio acústico y dulce, contrastando con piezas hard igualmente de gran calidad. Luego vendrían los inolvidables álbumes: “Songs from the wood”, “Heavy horses” y “Stormwatch”, trilogía que va decantando el folk medieval y el rock puro con arreglos orquestales y que logró el aplauso unánime de la crítica y del público. Seguidamente vendría “Bursting Out” (1978), un doble grabado producto de sus memorables giras, donde la banda recrea sus mejores interpretaciones. Ian Anderson ofrecería en sus solos de flauta la calidad de su increíble formación autodidacta.
Entre 1980 y 1984 la banda cae en un hueco, común entre los grupos de larga data, pero regresa marcado por un mítico suceso en donde el álbum “Crest of a Knave” recibe un aluvión de elogios y gana el Grammy de 1989 por Mejor Performance de Hard/Rock/Metal, imponiéndose a los archifavoritos Metallica en medio de gran escándalo. Lo cierto es que el heavy le debe a Jethro Tull mucho de su formativa temprana, por lo tanto no es de extrañar que los académicos hayan reconocido su trabajo.
Aunque “Rock Island”, “Live at Hammersmith ´84” y otros tres marcaron una década poco profunda en su discografía, a mí me gusta, como “A Little Light Music” (1992) regresó a la banda a su encumbrado lugar, básicamente con temas antiguos en versión casi totalmente acústica y en vivo. Enseguida “Divinities: Twelve Dances with God”, donde Anderson reclama su pedestal de genio flautista con insuperables versiones instrumentales. Un regalo para el espíritu. Yo lo tengo entre mis favoritos. No menos notables fueron “Jethro Tull, J-Tull Dot Com” (1999) y “The Secret Languaje of Birds” (2000) reafirmando su estilo.

Ian Anderson, un músico que deja una huella imborrable en el espíritu, genio creador de emociones sin par y melodías insospechadas. Autodidacta, genial improvisador de respiraciones imperceptibles en sus larguísimos tramos de flauta.
Ian Anderson, artífice de Jethro Tull y Oficial de la Orden del Imperio Británico, gracias por tantos años de excelente música.

"Thick as a brick"
El mejor de su carrera. Dos partes de una misma canción. Casi 44 minutos esplendorosos donde el virtuosismo de cada uno de los músicos va en perfecta armonía con la música, una música de corte sinfónico y vibrante, por momentos sensitiva, apacible, pero siempre muy conceptual. Que los teclados tengan supremacía no es casual. Ellos, con la flauta de Ian logran un desarrollo decidido, vital. Y los solos de flauta asumen sobre sus hombros las partes más delirantes del disco, con improvisaciones legendarias (y que por lo tanto ya han dejado de serlo. Quien lo conoce, ya lo ha memorizado de tal manera, paso a paso, y sólo en este estadio puede captar la majestuosa sincronía de este mítico disco, nunca igualado -aunque al parecer lo ha intentado- ni por el propio Anderson). Su lírica basada en la ficción, da fe de su propuesta siempre rebelde e irreverente ("Puedo hacerte sentir, pero no puedo hacerte pensar", o "Vengo de la clase alta para enmendar sus podridos modales").



Créditos:
"Thick as a brick"
Grabación: Londres, Diciembre de 1971
Publicación: Marzo de 1972
Duración: 43:50
Sello: Chrysalis
Género: Rock Progresivo, Art Rock, Sinfónico, Folk

Ian Anderson: Flauta, voz, guitarra acústica, trompeta, saxo, violín
John Evan: Piano, clavicordio, órgano Hammond
Barriemore Barlow: Percusión
Jeffrey Hammond: Bajo, voz
Martin Barre: Guitarra eléctrica, flauta.

Imprescindibles: 

“Aqualung”

“Locomotive Breath”

“Living in the past”

"Rock Island"

"Budapest"





jueves, 7 de enero de 2010

KIND OF BLUE, LA CUMBRE DEL JAZZ








Escribe: Rogger Alzamora Quijano












Kind of Blue, el álbum bandera del jazz.

Miles Davis (1926-1991), secundado por una banda excepcional grabó en los estudios de Columbia Records el álbum Kind of Blue (45.44 minutos), considerado el disco más vendido en la historia del jazz (con más de 170 millones de copias originales vendidas) y por la revista especializada Rolling Stones en el puesto 12 de entre 500 de los mejores álbumes de la historia de la música, teniendo en cuenta que se enfrenta como disco de jazz -de por sí denso y a veces difícil de escuchar- a álbumes de música popular como los grabados por The Beatles, por ejemplo.
No voy aquí a entrar en asuntos técnicos concernientes a la armonía y a la composición musical sino, como es el corte de este blog, a traer al encuentro de los melómanos la visión de un oído casual que capta la buena música y comparte el disfrute del espíritu.

Kind of Blue, grabado en 1959 en apenas diez horas (repartidas en dos días), consta de cinco temas:
1. "So What"
2. "Freddie Freeloader"
3. "Blue in Green"
4. "All Blues"
5. "Flamenco Sketches"
Temas 1 y 2 escritos por Davis; 3, 4 y 5 por Davis y Evans.

Además de Miles Davis en la trompeta, contó con el maestro saxofonista tenor John Coltrane, Julian Adderley (saxo alto), Wynton Kelly (piano, en Freddie Freeloader), Bill Evans (piano, salvo en Freddie Freeloader), Paul Chambers (contrabajo) y Jimmy Cobb (batería). Ellos llevaron a la práctica un jazz modal del que George Russell seguramente habrá estado orgulloso. Kind of Blue es indudablemente una obra maestra, que sorprende por su simpleza y su genial basamento en notas predeterminadas durante las improvisaciones, plenas de sensibilidad y calidez. La trompeta de Miles conmueve siempre, pero más en Kind of Blue (a veces pienso que quizá porque tiene muy cerca a Coltrane, como una motivación para destacar).
Siendo magníficas todas las pistas, me inclino por “Flamenco Sketches”: toda su fuerza sentada sobre el bajo de Chambers, momentos intensos de swing y percusión; los solos de Miles, Evans, Coltrane y Adderley se distinguen de todos los demás por su naturalidad. Inspiración pura, creatividad y virtuosismo, notoriamente influenciado por Albéniz.
Que Kind of Blue haya sido grabado -por expresa disposición de Miles Davis- sin previo ensayo casi como esperando una total autenticidad en sus sensaciones, no hace más que valorar su carácter trascendental.

Kind of Blue está hecho sobre todo para sentirlo.

Flamenco Sketches: