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viernes, 5 de febrero de 2010

TOM WAITS, EL ANTI-HÉROE



Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Tom Waits (California, 1949) se rehusa sistemáticamente a hablar de sí mismo. De no haber sido músico y cantante no sabríamos nada de él. Afortunadamente nos da una idea de lo que siente al ofrecernos su música ecléctica, la ruda emoción que transmite. Se ha escrito de su áspera biografía. Poco será cierto y mucho quizá no lo sea. En este rincón no somos habitúes de la psicología. Sólo escribiremos de su genio y estilo. No fisgoneamos, sino escuchamos. Y Tom Waits nos provoca escuchar. Ya sabemos que se esmera por ser y parecer un maldito. Que golpea y elude con la misma facilidad y que cala en los más diversos auditorios con su voz convulsiva y sus letras desafiantes. Sabemos también de su humor renegado y corrosivo. Nos gustaría saber más: qué le anima a decir lo que dice y a mostrarse ecuánime a pesar de su desarrapado aspecto. Nos gustaría. Pero más nos gusta sentir su melodía, despepitar sus canciones, disfrutar con sus escupitajos vocales, aquellos que duelen mientras se digieren. Nos gusta más ir del tango al blues, como si no fuera suficiente con sus letras. O transigir en sus versiones de clásicos del rock, tipo Roxanne, mientras mezcla cuñas de su español vociferado con urgencia.


PODIUM

Closin time, obviamente es imprescindible. Tiempos beat, de melodías resultantes de su pasión por el jazz y el blues. Blue Valentines sirvió para deducir que no le debía perdonar al silencio. Por el contrario, empezó a castigarlo con latigazos vocales y puntiagudos, que remecen al oyente hasta llevarlo a los confines. Año 1978. Desde allí explora las disonancias con mayor frecuencia, se quema la garganta sintetizando sus afonías hasta el dolor.
Entre el 83 y 87, ya sintiéndose cómodo en la senda, procrea tres indudables joyas: Swordfishtrombones, Rain Dogs y Frank´s Wild Years para, por momentos, rearmarse anímicamente desde un blues propio, cuasi ladridos y escandalosos ambientales, rhythm & blues y valses trasnochados con dramáticas interpretaciones.
Alice es también un pilar en su carrera, sobre todo por la mágica sensación de poseerlo todo que entrega el disco. En mi concepto uno de los más completos.
De sus alter ego fabricados gracias a Ginsberg, Bukowsi y Dylan, matizados con los temperamentos sórdidos de quienes sufren las calles, Waits ha desarrollado los personajes que pueblan sus canciones. Seres únicos que le acompañan y transmiten sueños surrealistas, mágicos pasajes, dolorosos cataclismos y tiernas melodías que se agolpan en la cantina perdida que usualmente imaginamos como escenario de sus travesías musicales.
La subyacente timidez asincopada de Trampled rose, uno de los sencillos que más me gusta de su Glitter and Doom Live en medio de trasteos y elucubraciones decoradas por un teclado que de inmediato provoca emociones, y hasta el susurro del xilofón, mientras el Waits teatral descubre una de sus máscaras ante el público.
Del mismo disco, Singapore, la melodía presurosa, el scat vibrante con un final despistado, atropellado y moribundo, que de pronto se rehace y reinventa y sobrevive a la tormenta.
No importa si le sucedieron las historias que cuenta o si el paisaje que pinta ante nosotros en cada disco es fruto de su sueño o de su pesadilla. Lo único que importa es que cuando Waits canta, transmite. Y se hace creer.

Blue Valentines

Alice

Singapore

Midnight lullaby

Para regocijarnos con una muestra en vivo:

A Sweet Little Bullet From A Tretty Blue Gun