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viernes, 9 de octubre de 2009

ARTURO ZAMBO CAVERO



Escribe: Rogger Alzamora Quijano

El año 95 conocí a Arturo Zambo Cavero. Lo llevé en mi volkswagen celeste, de Barranco a la avenida Argentina, a medianoche y rezongando por un impasse que había tenido. Le hablé sobre mi admiración hacia su privilegiada voz que alcanzaba increíble gama de graves y agudos además con sensacional entonación. No era Zambo Cavero de grandes artificios, sino de mucha pulcritud en la interpretación.

Aquella noche, intenté que cantara algo, sólo para distraerlo de sus molestias. Ya sabemos que otros grandes cantantes se mortifican ante un pedido así. Él me sorprendió preguntándome qué quería yo escuchar. Inmediatamente le pedí “Olga”. Y cantó. Yo no supe si mirarlo o cuidar por dónde íbamos. Opté por escucharlo y guardar en mi memoria aquél gesto invaluable de humildad, como guardo mi conversación con el maestro Caitro Soto, o mi encuentro casual y larga caminata con el genio Víctor Humareda, por ejemplo.


Mucho se dirá de su biografía y su discografía. Otros lo harán sobre sus distinciones y premios. Yo quiero escribir hoy, el día mismo de su partida, sobre su excepcional registro vocal, su incomparable capacidad para transmitir y su generosidad para conmigo en aquél momento único.

Descansa en paz Arturo Zambo Cavero. Seguramente al final de todos los tiempos serás como hoy, reconocido como el más grande cantor de música criolla costeña del Perú. Descansa en el mismo cielo donde moran Lucha Reyes, Felipe Pinglo, Ima Súmac, Chabuca Granda, Daniel Alomía Robles, Jacinto Palacios y otros que, como tú, forjaron la cultura peruana.

N. de R.- Hoy domingo, mientras el presidente espera en Palacio el féretro de Arturo Zambo Cavero para condecorarlo con la máxima distinción, me pregunto si el notable cantante habrá soñado cómo miles de personas desfilaban ante su cadáver, flanqueado por numerosa guardia de honor y visitado por personalidades de altísimo nivel. Y si habrá imaginado que la televisión y los medios de comunicación le dedicarían horas enteras y el pabellón nacional flamearía a media asta en señal de duelo.

Y me lo pregunto porque me rebelo ante la triste realidad que ver que los constructores de la identidad nacional son olvidados en vida y vilipendiados mientras exponen sus carencias ante la pasividad de las autoridades -ejecutivo y legislativo- que sólo cuidan sus sueldos y no se percatan de que glorias nacionales que lo merecen mucho más que ellos se encuentran olvidados. Hasta que alguien muere. Allí desfilan dolientes y los colman de medallas y elogian con afán.

Hace tiempo escribí reclamando un trato mejor para don Oscar Avilés (Globedia y Carne sin Hueso). He visto al maestro quebrarse ante la muerte de su amigo y compañero y aunque quisiera pensar lo contrario, sé que él correrá la misma suerte: sin el reconocimiento en vida y colmado de homenajes después de muerto.

Rebeca.- Zambo Cavero con Oscar Avilés